Cuando todo estalló el viernes 18 de octubre estaba en la mitad de un Martín Pescador que me encargaron, y de pronto el acto de bordar perdió sentido: la urgencia en la calle, la potencia de los gritos, los cantos de las ollas, el hartazgo generalizado… Por más que amo bordar pajaritos, no era el momento para hacerlo. ¡Pero tampoco quería dejar de bordar! Leí la frase “Hasta que la dignidad se haga costumbre” en una pancarta y me caló hasta lo más profundo, y decidí hacer mi propia pancarta textil; el toque de queda impuesto al día siguiente me dio las noches de rabia necesarias para que el primer bordado naciera.
La olla y la cuchara las encontré en Internet, las personalicé y compuse a mi manera armando algo que me hizo sentido para salir a levantarlo en la calle, y que gritara por mí cuando me fallara la voz. Cuando estaba terminando me di cuenta que me faltaba algo, y sumé el hilo y la aguja, que son mi firma.
Le saqué una foto junto con mi mano, que es mi principal arma de paz, y de ahí en adelante todo fue una avalancha de amor y resonancia, externa, entre tantas personas que hicieron eco con el mensaje y/o con el oficio, e interna, al descubrir cómo el bordado podía tener un nuevo sentido para mí en ese contexto tan particular.


