Pedagoga en Danza de profesión, hace 14 años y a través de una residencia artística en México para la creación de una obra que fusionara la danza contemporánea con los textiles tradicionales, se sumergió en el mundo del tejido a telar y el bordado, aprendiendo varias técnicas con maestras de diferentes estados de la República. Esta experiencia la introdujo en el mundo simbólico del arte textil, los que, sumado a una tradición textil heredada de su madre, abuela y abuelo maternos (bordadora, tejedora y sastre respectivamente), la comprometió a profundizar y trabajar en la búsqueda de un sello propio en sus creaciones, y a compartir una forma de bordar más conectada a los orígenes simbólicos del oficio, además de la técnica.


En la actualidad mezcla libremente todo lo que ha aprendido y explorado en el camino, para la creación de obras que usan el bordado como lenguaje.
En las múltiples vertientes que este camino le ha regalado, llegó primero a la exploración del bordado como voz, como grito, demanda y espejo: la expresión a través de los hilos y en sintonía con el bordado activista que se manifiesta con fuerza en todo el mundo, invencible como los textiles tradicionales.
Una segunda vía la ha llevado a especializarse en puntadas tridimensionales, con las que crea mini universos textiles que reflejan la inspiración que nace en la naturaleza que la rodea.
En sus creaciones, aunque innovadoras en sus formas, temáticas y formato de exposición, siempre usa como soporte el bastidor de bordado tradicional, para relevar las herramientas a través de las cuales el oficio del bordado se ha expresado desde sus inicios.

En primer lugar, la mano. A alguien le escuché decir que cuando tomamos la aguja, hacemos sin querer un mudra, y esa idea se me quedó grabada para siempre… Quise poner esa posición aquí, porque si bien no es completamente fiel al Chin o al Gyana mudra, siento que tiene lo más importante, que es la presión del dedo índice contra el dedo pulgar, lo que se relaciona con la conexión con la tierra, la conciencia, la concentración y la meditación. Es un perfecto resumen del estado que se puede alcanzar desde el disfrute y el habitar la acción de bordar.

Por otro lado, la aguja atravesando la tela/tierra. Nace de dos vertientes: primero, una definición de bordadora muy antigua que encontré, y que dice que somos quienes labramos la tela con la aguja. La acción de labrar ligada al bordado también se me quedó grabada para siempre.
Porque desde que conocí los diferentes relatos que hablan del tejido como una metáfora de la creación del mundo, del universo incluso, me había quedado rondando la duda de qué lugar tendría el bordado en esa creación. Y a medida que me fui interiorizando y experimentando con las puntadas 3D, de a poco se me fue aclarando: una vez creado el mundo, la tela en blanco, es hora de darle forma a lo que queremos construir en él. Ahí la idea de labrar la tela tomó una dimensión más profunda, y las puntadas brotando desde esa superficie, mucho más sentido.
Y segundo, una cita de Marisa Vadillo: “La historia del arte creado por la mujer no ha sido pintada, sino bordada.” Se me presentó la contraposición entre el punto, principio de la pintura reservada a los hombres desde sus inicios, y la puntada, principio del bordado, medio por el cual la mujeres desahogaban su creatividad. La agresividad que requirió la aguja para abrir un campo de expresión plástica para nosotras necesita ser validada. Mientras el punto es el resultado del choque del pincel con el lienzo de tela, la puntada, puñalada, es un punto que no se queda en la superficie, no solo choca sino que atraviesa la tela para poder existir.
‘Así es como veo y vivo mi oficio, y desde aquí es desde donde lo comparto con ustedes.’